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lunes, 26 de mayo de 2014

Cuento "Luna de Sangre"

Día Nacional del Libro: Palabras del R.P. Rottjer y cuento de mi autoría “Luna de sangre”

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En el día del libro, tengamos en cuenta la opinión de la inmunda, pestilente, odiosa y repugnante masonería (secta diabólica) acerca de la educación, en contra de la postura de la Iglesia, siempre a favor de la instrucción, educación y civilización de los diversos pueblos del orbe:
Voltaire y D’Alembert, en su fobia anticlerical, llegaron a decir: “Los Hermanos de la Doctrina Cristiana (maestros populares de la época) – émulos y sucesores de los jesuitas – enseñan a leer y escribir a gente que no debería pasar del manejo del cepillo y de la lima. El bien de la sociedad reclama que los conocimientos del pueblo no vayan más allá de sus ocupaciones. A la gente del pueblo no le hace falta saber leer y escribir. El pueblo es el canalla, indigno de toda instrucción” (sic).
Pero la Iglesia – que por suerte no hizo caso de las teorías masónicas – siempre enseñó, y GRATUITAMENTE, a la gente del pueblo y a los indios de América, entre los cuales casi no había analfabetos; y de sus escuelas – que se mantuvieron gratuitas mientras el Estado masónico no se incautó de los bienes con que las sostenía – salieron distinguidos literatos, eminentes doctores e ilustres hombres de gobierno.” R.P. Aníbal Atilio Rottjer, Bs.As., 1973, “La masonería en la Argentina y en el mundo“. Cap.5:1, p.102.
Con esto creo que queda claro quiénes son la verdadera escoria oscurantista, que pretende sumir y mantener al pueblo llano en la más profunda ignorancia: ¡la Secta masónica, hija de Satanás! ¡Abajo con la judeo-masonería!
¡Viva la Iglesia Católica, civilizadora y salvadora de la humanidad!
Masonería=Oscurantismo e ignorancia (adoran al diablo Lucifer/Saturno/Satanás).
Iglesia=LUZ y conocimiento (adoramos a Dios: Padre Hijo y Espíritu Santo).
¡VIVA CRISTO REY!
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Sean los orientales tan ilustrados como valientes” Gral. José G. Artigas, Prócer de la Patria.
El 26 de mayo de 1816, se crea durante el gobierno artiguista, bajo la idea del presbítero Dámaso Antonio Larrañaga (su primer director) la primera Biblioteca Pública Nacional.
En celebración de este día, les dejo un cuento de mi autoría.
ADVERTENCIA: ESTE CUENTO ES DE TERROR FUERTE. SE RECOMIENDA NO LEERLO DURANTE LA NOCHE. ¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!

Luna de sangre.

El Sol se convertirá en tinieblas y la Luna en sangre, antes que venga el día grande y glorioso del Señor”. Hechos 2:20.

Recuerdo que en la madrugada del 15 de abril de 2014, la Luna se volvió roja como la sangre. Caminaba por un bosque de árboles caducos, en aquella fresca noche otoñal, oyendo el crujido de mis pies al aplastar las muertas hojas y sintiendo una leve brisa gélida que me acariciaba el rostro; iba vestido con un buzo de algodón, un fino saco de lana, un pantalón de pana y unos zapatos deportivos, dirigiéndome hacia la elevada torre blanca, que se erguía sobre una colina ondulante de cincuenta metros de altura.
Pronto salí de aquel tenebroso bosque de árboles desnudos, con ramas que bailaban bajo la música del suave viento, el cual susurraba como fantasmas de almas perdidas. Salí de allí, y logré ver en su totalidad a la gran torre blanca, que debía medir alrededor de unos ochenta metros de altura. Seguí caminando por una pradera de bajos pastos—poco más altos que el césped de los jardines bien cuidados—tendidos sobre un terreno levemente ondulado.
Más o menos, en media hora arribé a la torre y justo en ese instante, cuando eran alrededor de las cuatro de la mañana—según noté en mi reloj de pulso, el cual había pertenecido a mi abuelo—la Luna comenzó a ser eclipsada por Rajú, la cabeza negra devoradora de lunas. Cuando eso ocurrió sentí un grito agudo de desesperación, que provenía del patio, al otro lado de la torre blanca. Parecía el grito de un niño, que estaba en peligro, así que corrí dirigiéndome hacia el este, alrededor de la torre, di vuelta a la misma y llegué a un patio con pisos adoquinados, que poseía un aljibe en su centro. Más allá del aljibe, había un terreno baldío, con un montón de maleza y arbustos que obstruían la visión. Oí un par de gritos más y me desplacé rápidamente hacia la maleza, sin correr e intentando no hacer ruido con mis alargados pasos. Fui disminuyendo la velocidad a medida que me iba acercando hacia la fuente de los gritos y cada vez se me hacía más difícil no hacer ruido entre las zarzas y arbustos.

Pronto, escondido tras los matorrales, observé que en un descampado patio de tierra, había un montón de hombres, vestidos con largas túnicas negras o grises, y que tenían barbas largas y espesas que colgaban desde sus rostros pálidos y enmohecidos; eran seis hombres y en el medio, atrapado en un cepo, se encontraba un niño blanco de rubios cabellos, el cual se encontraba con el torso desnudo y de hecho, sólo en calzoncillos, quien estaba siendo azotado por un horrendo anciano barbudo de orejas grandes y nariz prominente. Era una escena espantosa, porque el niño—quien tendría unos nueve o diez años—lloraba y tenía la espalda ensangrentada, mientras un anciano lo azotaba y otro leía unas extrañas palabras de un libro horrendo, en un lenguaje extraño, y los otros hombres barbudos levantaban las manos al cielo y aclamaban gozosos de alegría cada vez que el anciano más tenebroso azotaba al pobre niño.
No pude hacer nada más que dignarme en inmediatamente llamar al 911[1] por mi teléfono celular, haciéndolo de la forma más silenciosa posible. Me atendieron y les expliqué detalladamente lo que estaba sucediendo y el lugar donde tal terrible hecho estaba siendo llevado a cabo; les dije que creía que eso se trataba de un ritual diabólico por parte de una secta satánica y me dijeron que quedara quieto en el lugar, que la ayuda ya llegaría. Dije gracias y corté la llamada. Sólo me quedaba esperar, mientras observaba aquella macabra escena; pensé en hacer algo, ¡quería hacer algo!, pero temía que esos monstruosos y enmohecidos ancianos con sus barbas perturbadoras estuvieran armados y culminar yo, con el mismo, o incluso peor destino que el niño que allí estaba sufriendo. No comprendía por qué tales personas estaban cometiendo tal atrocidad, y si por algún momento se me pasó por la cabeza que quizás estaban castigando al niño por algún crimen que hubiera cometido, pensé que en primer lugar eso me era inconcebible, pues todos los niños son buenos (algunos traviesos, pero todos son buenos en definitiva) y en segundo lugar, que aún en el caso de haber cometido algún crimen, eso era una barbarie, ya que por algo existe la Policía y la Justicia.
Mientras pensaba y continuaba viendo los azotes y la espalda destrozada, noté que allí cerca había una cruz de madera y no entendía qué haría eso allí. <<¿Será que son satánicos e irán a invertir esa cruz?>>, pensé. Pero no, era algo muchísimo peor lo que irían a hacer aquellos hombres, en aquel terrible ritual macabro de torturas, en aquel terreno descampado, iluminado por antorchas clavadas en la tierra y dispuestas de forma circular al centro. Los azotes cesaron; sacaron al niño del cepo y comenzaron a atarlo, con sus brazos extendidos en la cruz. ¡Qué terrible! ¡Lo iban a crucificar! El rescate no llegaba y yo quería detener aquella atrocidad. ¡Tenía que hacer algo!
Estaba desarmado. Sólo tenía mi celular y ya había llamado al 911. En ese momento, pensé que tal vez tendría que haber comenzado a grabar lo que veía con mi celular, para después poder probar ante las autoridades todo lo que le habían hecho a aquel pobre niño, pero con el nerviosismo y horror del momento, no se me había ocurrido antes. Tampoco lo hice en aquel momento. No podía hacerlo. No podía seguir viendo eso. No quería verlo. La Luna estaba siendo tragada por el demonio Rajú y presentí que en el momento en que la luna se volviera roja como la sangre, algo muy terrible ocurriría con el niño: sería sacrificado. Quizás en honor a ese demonio llamado Rajú[2]…
Pensé en marcharme de aquel lugar, dar media vuelta y salir corriendo. Mis ojos sudaban lágrimas, mi corazón palpitaba velozmente, la sangre se me subía a la cabeza y la sentía hervir en los capilares de mis orejas y de mi nariz; mis manos, que anteriormente estaban heladas por el frío, en ese momento hervían como una caldera. Sentía un calor insoportable, me saqué el saco de lana y sentí una gota de sudor correr por mi rostro. Me sequé la frente con un pañuelo y supongo que en aquel momento mi cara estaría roja como la de un tomate. Sentí vergüenza por estar viendo aquello y quedarme allí como un cobarde sin mover un dedo, mientras esperaba un supuesto rescate por parte de la Policía. Entonces, recordé un día cuando estaba solo y con frío, tenía hambre y tenía sed, tirado en la calle. Era tan solo un niño, quizás de la misma edad que ese niño que allí sufría ante aquellos monstruos subhumanos; y entonces vi una mujer vestida de negro, con un sombrero pomposo, que bajó de un automóvil lujoso. Pronto también bajó su marido, un hombre vestido con traje negro y zapatos lustrosos, un sombrero de ala ancha y unos grandes anteojos. Me preguntaron qué me sucedía y les expliqué toda mi situación: que era huérfano y me había escapado del orfanato, porque nadie me quería, porque nadie nunca me había adoptado ni lo haría jamás. Me sentía solo. Pero esa pareja, quienes por cierto, ya tenían muchos hijos propios de ellos, me tendieron una mano, me dieron unas galletitas para comer, me dieron de beber, me cubrieron con un saco mis andrajosas ropas y me subieron a aquel automóvil lujoso de color azul marino. Me llevaron a su casa, que era una gigantesca mansión y me dieron un dormitorio solo para mí, donde pude dormir de forma muy reconfortante. Al día siguiente comenzaron a hacer todos los trámites para adoptarme, y así se convirtieron en mis padres. Sobre mis padres biológicos, nunca supe nada, nunca los conocí, pero esa pareja, el señor y la señora Gúrmenes—Anacleto y Karina—me rescataron y me trataron bien, criándome como a sus propios hijos biológicos, que eran unos nueve. Yo fui así el décimo de todos esos hermanos Gúrmenes. Pero, ¿qué estaba haciendo en aquél momento de crisis, frente a otro niño que padecía aún más que yo? ¿Era eso la forma de actuar de un buen cristiano? ¿Así yo estaba agradeciendo a Dios, por la dicha que Él me había dado?
Ya no pensé más, ya no sufrí más, sino que me moví, ¡actué! Salí corriendo como un desesperado mental, como un esquizofrénico descontrolado en pleno ataque de locura, despedido de los matorrales como un cohete que despegaba hacia la Luna, y me lancé sobre el anciano malvado que estaba con un martillo por clavar una estaca de metal en una de las manos de aquel inocente niño. Me tiré sobre el anciano y logré quitarle su martillo, bajo las miradas atónitas de los demás ancianos. Ciertamente, tenía unos pocos segundos para actuar, antes de que me atraparan y sufriera la misma suerte que el niño. La idea sería la típica de yo distraer, mientras “el otro” desata al niño y lo rescata, pero en mi enloquecimiento repentino, se me había escapado un pequeño “detalle”: ¡no había un “otro” que desatara al niño! El blondo niño seguía allí atado, mientras yo golpeaba con brutal desquicio la cabeza del anciano malvado con el martillo. No tardó pues, para que otros dos ancianos me atraparan, mientras que yo forcejeaba y pataleaba como un demente radical. Fue demasiado tarde para el malvado anciano; yo ya le había dado muerte, partiéndole el cráneo con una salva desesperada de martillazos en la cabeza. Y entonces, lo único que se me ocurrió pensar en aquel instante fue que seguramente yo sufriría el mismo destino, y que posteriormente, el niño sería crucificado y sacrificado bajo la luz roja de la Luna de sangre… ¡Una sangre literal!, no sobre la Luna, claro, pero sí sobre la tierra.
Comprendo que muchos de vosotros os estaréis preguntando que si yo fui adoptado por padres ricos, por qué no los llamé a ellos, en lugar de al 911, ya que es probable que mis queridos padres adoptivos hubieran llegado antes al rescate que esos inútiles de la Policía. Pues bien, la respuesta es tan sencilla como aterradora: mis padres adoptivos y todos mis hermanos—excepto quizás una hermana menor (porque después de adoptarme a mí, ellos tuvieron una niña) de la cual desconozco su paradero—están muertos y sepultados. Sí, ¡tan terrible es mi desgracia!, que nuevamente estoy sólo en el mundo. Sin familia, sin amigos, sin nadie. Sin familia, primero, porque mis padres biológicos me abandonaron vaya a saber por qué motivo; segundo, porque mis padres adoptivos y mis hermanos adoptivos murieron en un accidente de avión cuando iban de vacaciones hacia Luxemburgo, a visitar al tío Billy, y yo sólo me salvé gracias a mi estúpido egoísmo de que supuestamente “tenía mejores cosas que hacer” (nada, sólo escribir libros que nadie leerá, de un escritor frustrado como yo) y no me “gusta viajar a Europa” (al parecer, creo que soy euro-fóbico). Y sin amigos, por el hecho de que soy muy solitario y retraído, así como tímido y ciertamente, cobarde. Y justo en ese momento, que por primera vez me da un ataque de valentía repentina, culmino siendo atado, azotado en el cepo y finalmente, me colocan al lado del niño rubio, atado en otra cruz, listo para ser crucificado junto a él.
Ciertamente hubiera preferido morir con el resto de mi familia, en aquel catastrófico accidente de avión, cuando cayeron en el canal de la mancha, porque el motor extrañamente se detuvo y ocurrió una misteriosa explosión en la cabina. Mi hermanita adoptiva pequeña, de cinco años de edad, quedó como desaparecida, pues nunca encontraron su cadáver, y por eso no sé si falleció, pero el resto de mi familia sí murió, porque a todos le encontraron los cuerpos, y ahora están enterrados en el cementerio familiar de nuestra estancia al este de la ciudad de Inferencia, Departamento de Soriano. Y se preguntarán pues, si yo habré heredado toda la fortuna de mis padres. La respuesta es un rotundo no, pues vivimos en tiempos oscuros y difíciles, donde el marxismo impera sobre casi todo el mundo, especialmente en Europa, infestada de comunismo ateo hasta la médula, con las puertas del Vaticano abiertas y la capilla Sixtina convertida en un burdel. Ahora bien, sucede que en Uruguay, gracias al ominoso régimen del marxista Presidente Óscar Heladeris, quien ya le había dado muchos dolores de cabeza a mis padres con impuestos exorbitantes, bastó que ellos fallecieran para buscar una excusa y expropiarme todas las tierras y propiedades que por derecho me corresponderían. No pude hacer nada y sólo tuve que conformarme con una pequeña casita en una playita campestre del Departamento de Rocha. Elegía entre eso, o el rancho de un peón de mi padre, en una de sus chacras; así que elegí la pequeña casita con vista al océano.
Pero eso ya no me serviría de nada, pues pensaba que era segurísimo de que en ese momento moriría e irónicamente, ¡martirizado! << ¿Mártir yo? ¿Justo yo? Que no tenía nada, no fui agradecido y ahora vuelvo a tener nada. Yo, que he sido un simple cobarde y egoísta. Ni lo merezco, ni tampoco tengo ganas. >>, pensaba. << ¡Quiero vivir! >>, exclamé internamente. Pero fue inútil. Ya no podía hacer nada más. Sólo me quedaba rezar. Y lo hice. Recé por el niño; le pedí a Dios que por favor, ocurriera un milagro y salvara su vida, y me dio la sensación de que tenía que dar algo a cambio para que eso sucediera. No quería morir, pero por otro lado, ¡tampoco quería vivir! ¿Para qué? ¿Para seguir solo y sin rumbo, en un mundo oscuro, rojo y enmohecido? <<Mejor no>>, pensé. Sería mejor que Dios me llevara a un mundo mejor, ¿pero iría yo a un mundo mejor? Yo no soy un mártir, no puedo serlo, porque no soy lo suficientemente recto, no cómo lo era mi honrado padre adoptivo ni el padre de él—mi abuelo, el que me regaló el reloj—ni como mi amada madre adoptiva, cien por cierto recta, cien por cierto justa, cien por cierto decente, ni soy tan bueno como ninguno de mis hermanos adoptivos, ni como mi hermanita por supuesto, y seguramente no debo ser tan bueno como ese niño que intentaba rescatar…Ya nada importaba, Dios tenía el veredicto, la “suerte” estaba echada, el destino ya estaba escrito.

Cuando llegó la Policía, la Luna estaba roja como la sangre. El ritual había finalizado. Alguien había muerto, además de aquel viejo inmundo y malvado que yo había logrado asesinar. Cuatro de los otros cinco ancianos fueron capturados por la Policía, pero otro logró huir entre los matorrales. La Policía no me interrogó, me sacaron de la cruz y me quitaron los clavos; lo mismo hicieron con el niño, pero antes que yo. Nos pusieron a ambos en ambulancias separadas, pero sin embargo pude ver al niño; no entendí cómo ni por qué lo pude ver—ni para qué—pero lo vi y entonces vi—como un buen testigo en que me había convertido—que ocurrió el milagro: el blondo y cándido niño, conectado con electrodos a un electrocardiograma y a un electroencefalograma, comenzó luego de unos segundos, a dar señales de vida. Las rayas de los monitores se comenzaron a mover y pronto todas sus señales vitales volvieron a la normalidad. Los paramédicos que estaban allí, dos hombres de mediana edad y de raza blanca, se quedaron contentos con el milagro que estaban presenciando. El niño estaba muy herido, con las manos y los pies, agujereados por los clavos que le habían retirado y había perdido mucha sangre, ¡pero estaba vivo! ¡Era un milagro! Y yo lo pude presenciar todo, estando allí sentado en una esquina de la ambulancia. Mis manos también sangraban y me sentía raro, muy raro de hecho, pero nada de eso me importaba. Me encontraba feliz, ¡muy feliz!, como hacía mucho tiempo en mi vida no había estado; tan feliz como aquella mañana cuando desperté en aquella mansión lujosa y pronto me enteré que tenía nuevos padres. Mi felicidad era rotunda, porque gracias a Dios, la vida de aquel niño había sido salvada y ahora él podría seguir vivo y retornar con su familia. Seguramente tendría unos padres que estarían muy preocupados por su hijo desaparecido, quien había sido secuestrado por aquellos barbudos diabólicos, aquellos subhumanos despreciables de rostros enmohecidos, y mirada sombría y perversa.
Os preguntaréis por qué vagaba yo por el bosque y me dirigía hacia la torre blanca, esa torre tan extraña, ese faro antiguo abandonado que nadie sabe ya para qué sirve ni para qué pudo haber servido. Y la respuesta es que no tengo respuesta. Nunca la tuve…Sólo me gustaba caminar por la noche, cuando tenía insomnio, porque eso me ayudaba a pensar, a reflexionar y sobre todo a ahogar las penas. Algunos se emborrachan o se drogan para ahogar las penas de su soledad y agonía perpetua en una vida sinsentido, desabrida y aburrida; yo en cambio, meramente camino, como un perro vagabundo, que busca algo que nunca encuentra y que no lo encuentra pues ya ha olvidado lo que está buscando. Todavía sigo caminando…Pero ahora me siento mejor, ahora estoy feliz, porque ahora camino por un camino y sé que cuando llegue a destino, tendré un final feliz.

[1] Número de emergencias.
[2] Demonio de la mitología hindú y dios iracundo de la mitología budista.

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